Tomó un poco de algodón de azúcar. Se encontraba disfrutando de una tarde primaveral en el parque. A lo lejos corrían dos niñas, debían ser hijas suyas. ¿Y quién era la hermosa mujer que sentada junto a él repasaba mensajes en el móvil? ¿La conocía? Sí. Fue compañera de trabajo hace mucho tiempo. Ahora la madre de sus hijas. Ella sonrió y preguntó si se encontraba bien. Él dijo que se sentía feliz. Y pensó que aquello era una vida plena. Se quedó allí tanto como pudo. Pero, cuando el sol declinó y las sombras de los edificios avanzaron hasta casi rozarle los pies, una amarga lágrima de despedida bajó por su mejilla. Quería seguir buscando. Tomó un poco de algodón de azúcar. La presión era enorme. Se había hecho ya muy tarde y seguía en la oficina, nadie le esperaba ya en casa. Tanto se había comprometido con el trabajo que ya nadie quería estarlo con él. Tenía todo el dinero del mundo. El mejor coche, un lujoso ático en el centro, trajes a medida y un enorme grano en el tras...