Llegado a un punto se detuvo, Ángel no sabía qué hacer. Siempre salía a pasear por la montaña cuando necesitaba tomar una decisión, y ahora, frente a él, tenía dos caminos. Uno podría ser una vida tranquila. Se casaría pronto con su pareja. Luego vendrían los niños. Después pasarían lo años y, quizás, algún día podría sentirse tan ilusionado como lo estaba ahora su padre, enseñándole los pormenores del pequeño negocio familiar. El otro camino era un buen trabajo en la capital. ¿Querría su pareja seguirlo? ¿Le rompería el corazón a su padre? Aquella oferta abría toda una serie de inciertas posibilidades. Y mientras trataba de vivir sus posibles futuros, un silbidito, interrumpido por una insulsa estrofa, lo sacó de sus pensamientos. “En el fondo de un lago helado. Lo dejaron triste y olvidado”. Un hombre llegó a la encrucijada en la que se encontraba. —¡Muy buenos días joven! —era mayor, parecía rondar los setenta, pero venía subiendo la cuesta con el brío de un...