Donato estiraba los últimos tragos de su cerveza en algún lugar del sureste asiático. Se encontraba en un pequeño hotel construido alrededor de un gran estanque cubierto de nenúfares. Solo tenía seis habitaciones, casi todas vacías aquella noche. Al norte y al este se alzaba un bosquecillo de altos árboles tropicales; al oeste, las seis habitaciones, cada una con su pequeña terraza con vistas al estanque. Él se encontraba al sur, en el coqueto bar del hotel, construido en madera alrededor de un enorme ficus centenario y con vistas a los nenúfares. Estaba absorto escuchando la perfecta compenetración que habían alcanzado la música y los sonidos nocturnos. Como si las ranas e insectos hicieran los coros de la mesmerizante voz de la chica que sonaba a través de la radio del hotel. No vio llegar al hombre. —¿Habla usted inglés? —dijo con un marcado acento americano. —Un poco —dijo saliendo de su ensoñación— aunque a veces cometo errores. No es mi idioma natal. El desco...