El lugar estaba lleno de curiosos y toda la prensa nacional e internacional. Se habían desplazado hasta la frontera para ser testigos de lo que había terminado por convertirse en una especie de tradición —como el traspaso del fuego olímpico— desde que aquel hombre fuera detectado por primera vez en un remoto lugar Rusia. Mientras él llegaba, despacio, pasito a pasito, sonaron en la frontera los himnos de Francia y España, en ese orden. Allí estaban el rey y el presidente de la república francesa; además de toda la plana del gobierno —y oposición— de ambos países. Se pronunciaron discursos, se realizaron promesas y se aprovechó para aparecer frente a las cámaras firmando algo irrelevante revestido de solemnidad. Pasadas varias horas, aquel hombre pisó con un pie, el izquierdo para ser exactos, nuestra tierra. Los flases de las cámaras empezaron a zumbar y los curiosos a vitorear. Las personalidades de ambos países se estrecharon las manos y mis compañeros de la guardia civil y yo, desig...