Llevábamos más de 5 años casados y otros tantos de noviazgo. Los niños no habían llegado todavía. Por las mañanas cada uno a su trabajo y, por la tarde: una ducha, algo de sexo —a veces, no siempre—, la cena y un poco de televisión. El sábado ella aprovechaba para ir al gimnasio; yo, por desgracia —o por la gracia de alguien— trabajaba. El domingo siempre comíamos en casa de algún familiar. Llegaba el lunes y la rueda volvía a girar, siempre igual. Una pareja feliz. O eso creía. Hasta que nos vimos obligados a pasar las veinticuatro horas juntos, sin poder salir de casa. Empezó con cosas pequeñas que yo no había advertido. O quizás sí, pero ahora tenía más tiempo en pensar porqué me molestaban. Como cuando yo quería planear unas vacaciones diferentes, cuando pudiéramos volver a salir deseaba viajar a algún sitio nuevo. Ella tumbaba todos mis planes: en vacaciones al chalé, como siempre, que para eso lo estábamos pagando. Sea como fuere, en esos días de encierro y teletra...