Cuando Berta entró al comedor de su casa, y vio aquel hombre pegado a la pared, estuvo a punto de lanzar los cereales del desayuno por los aires. La puerta estaba cerrada y era un décimo. Lo único abierto era el balcón. Así que se limitó a levantar una ceja y esperar que eso fuera suficiente para obtener una explicación. —Disculpa. Me sorprendió el amanecer. —¿Y? —Y… ¿Lo siento? —No. ¿Y ese es motivo para entrar en mi casa? —Verás… Vampiro soy y… —Verás, a mi me sorprende el anochecer cada día al salir del trabajo y no me meto en la primera casa que encuentro. —Pero a ti no te mata. —En eso tienes razón. Lo que me mata es el trabajo. Ella se dejó caer pesadamente en el sofá y lo miró mientras estiraba las piernas sobre la mesita. El pobre ser de la oscuridad estaba plantado en el pequeño espacio de pared que quedaba entre los dos ventanales que daban al exterior, la luz del amanecer entraba directa en aquel salón orientado al este y el apurado ser de la noche estaba plantado en un pequ...