De haber podido, al sombrero le hubiera gustado pasear sobre una cabeza en vez de estar recogiendo polvo en un estante de la tienda. Día tras día, entraban gallardos varones al lugar, muy bien engalanados, y salían con algún otro compañero de balda. Desde su privilegiado lugar tras el tendero veía como se alejaban: orgullosos, dando clase y distinción desde lo alto, protegiendo las más variopintas testas del frío o del sol. Se imaginaba como sería pasear por la calle y ver el mundo desde aquellas alturas predilectas. Cruzarse con otros caballeros y saludar con un leve levantamiento de su ala; o mejor todavía, notar como los dedos lo tomaban suavemente por la corona y lo separaban mínimamente de la cabeza al son de un “Buenos días”. Ahora una sencilla cinta adornaba su contorno alrededor de la copa y se preguntaba si en el futuro le añadirían una plumilla de colores vivos para darle un aire picarón o si, por el contrario, le cambiarían la cinta por un sobrio y elegante n...