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Mostrando las entradas etiquetadas como Relato

Tampoco hay que precipitarse

Perdónenme el eufemismo, pero déjenme decir con amabilidad que yo quería quitarme de en medio. Lo que pasa es que cuando estaba cerca del borde pensé que estaba muy bajo. Si no caía bien, encima me iba a quedar tonto, así que me subí a la terraza. Entonces recordé la impresión que ya desde pequeño me causaba cualquier caída y me dije que no, diez pisos sintiendo eso en las tripas no. Así que busqué una soga y tras varias vueltas por la casa me quedé mirando el techo. ¡Pero si no tengo por donde pasarla, es todo ladrillo y cemento! ¿Y la lámpara? Seguro que no aguanta. Pues al campo a buscar un árbol no voy, que hay mucho bicho. ¿Y si chupo unos cables? No, que poco glamuroso. Luego pensé en un enchufe y un destornillador, pero no quería salir en las noticias como un crío mal vigilado. Pero oigan, la tostadora apareció como una opción y cuando fui al baño caí en la cuenta: tengo ducha, no bañera. Miré la única zafa de la casa y el cubo de la fregona: muy pequeños. ¿Y si hago lo de las v...

¡SPLAT! - Hierba

¡SPLAT!  Número 01  Hierba ¡ Pequeño roedor que has leído hasta el final!  Las ratas agradecen tu hazaña y brindan en tu honor. Mientras una toca una pequeña ocarina, otra baila animada, y una tercera te recuerda: “ Síguenos , comparte y no olvides que  también estamos por  Facebook  e  Instagram ”

Ladrillos

–¡Ay chicos! Como añoro los días en los que era tan solo un poco de arcilla esparcida por el campo. Aquello era otra vida… Sentía la lluvia caer y filtrarse. Entonces, las plantas dejaban crecer sus raíces a través de mí y se alzaban alegres hacia el sol. Luego llegaba la época de calor y se secaban, se quebraban, y yo… entristecía. Pero siempre volvía a llover, solo había que esperar. El ladrillo paró su discurso en seco, unas manos se acercaron y se llevaron otro ladrillo de la pila. –Un día llegaron las máquinas, eran grandes y ruidosas… me recogieron a palazos, jamás he vuelto a ver aquellas piedras que eran amigas mías, acabaron trituradas y desechadas. Me sometieron a extraños procesos: me prensaron, me cocieron… me empaquetaron junto a vosotros y… Volvió a silenciar su discurso, esta vez las manos se lo llevaron a él. – ¡Buf! Menos mal que se lo han llevado. – ¿Cuántas veces nos ha contado lo mismo? – Demasiadas, no hubiera soportado escucharlo otra vez, menos mal que… Las man...

Sórdido viaje

Siempre dibujaba en cuanto tenía la oportunidad.  De hecho, él querría haber estudiado bellas artes. —Eso es de jipis Pelayo —decía su padre—. Tú estudiaras algo de provecho, como yo. Y así estaba, dibujando para olvidar un rato lo aburrido que le resultaba el derecho mercantil y procesal y demás, cuando a él se le negaba su derecho a estudiar lo que quisiera. Su improvisado lienzo era un billete de cincuenta euros. Bajo el puente renacentista del reverso trazaba las líneas de una portentosa figura que se asemejaba a un Atlas soportando todo el peso del orbe. Para el rostro, solo por fastidiar, caricaturizó ese famoso político que su padre no soportaba. Dibujó su pelvis en obscena posición justo detrás de la ilustración del mapa europeo, y ahora no sabía si era Atlas sujetando un puente o Zeus mancillando a la pobre Europa. Llegó un aviso a su teléfono. Cogió el billete y bajó al portal del edificio. —Lucas, ¿qué tal? —Rapidito, que sabes que esto me pone nervioso. —¿Pero lo has pe...

¡Viva el libre mercado!

Ramiro Ramírez, inversor en bolsa, miró su cuenta corriente. Había engordado en la última semana como el hígado de una oca antes de convertirse en paté. Los negocios iban bien. El precio pagado por tales beneficios: olvidar toda ética. Con una moralidad tan maltrecha todo límite quedaba en manos de la legalidad. Pero con una ley difusa, podía ser ladrón sin ser delincuente. Así que Ramiro Ramírez contó los ceros de su ingreso obsceno y exclamó: ¡VIVA EL LIBRE MERCADO! FIN ¡Pequeño roedor que has leído hasta el final!  Las ratas agradecen tu hazaña y brindan en tu honor. Mientras una toca una pequeña ocarina,  otra baila animada, y una tercera te recuerda: “ Síguenos , comparte y no olvides que  también estamos por  Facebook  e  Instagram ”

¡Hazlo ya!

Mi lugar en la empresa era fácil de encontrar. Montones de papeles amontonados y libros contables formaban una impenetrable barrera alrededor de mí. Era mi Troya personal, mi muro infranqueable contra el que todo se estrellaba. Ya podían aparecer Agamenón o Aquiles a plantear sus demandas, solo verían surgir una mano llena de manchas de tinta sujetando una vieja estilográfica; se movería con un pequeño gesto, como si golpeara uno de esos triángulos de metal, que podría significar: oído, de acuerdo o piérdete. Los días eran una metódica monotonía bien planificada. Hasta que llegaron los carteles. Los distribuyeron por todas partes, no había lugar desde el que no se pudiera leer uno. A excepción de mi Troya, que se mantenía impasible y segura ante aquella perturbación. Y hubiera seguido a salvo tras mis muros, pero en cuanto el propietario advirtió que desde mi posición no podía leer ningún cartel, descolgó uno y lo colocó sobre mi escritorio, apoyado contra el montón de agendas obsoleta...

Uno

Era guapa la nueva enfermera que nos ha acompañado hoy hasta la consulta. ¿A que sí? —No era enfermera. Era recepcionista. —Ah… bueno, da igual. Era guapa. —No empieces por favor. Siempre haces cosas que me dan mucha vergüenza. —¡¿Pero a ti no te ha parecido guapa?! —Bueno… sí… —¿Y por qué tienes reparos en decirlo? Que ojazos tenía. —Sí… supongo que sí. —¡Dile algo cuando salgamos! Invítala a cenar. —No, no, no… Jamás, ¿Y si ya tiene pareja? ¿Y si no le resulto atractivo? —Oh, vamos. Si no lo haces tú… lo pienso hacer yo. —No. Siempre acabas dejándome en evidencia. Quédate callado esta vez. —Cuando salgamos le preguntaré a qué hora termina y si le gustaría cenar. Es muy simple. Si dice que no, nos vamos. Si dice que tiene pareja, nos vamos. Si duda… —Si duda, no la dejarás en paz ¿verdad? —Tenemos que venir más veces a este sitio. La próxima vez podríamos traer un regalito para ella. —¿Y cómo sabremos lo que le gusta? —Cualquier detalle servirá. —¿Un...

Cuentos en cuarentena VI - Cuarto menguante

Pensé en salir del cuarto. Pero mientras mi compañera de piso estuviera en el comedor, no pensaba hacerlo. Abrí la ventana para sacar un poco la cabeza de aquel lugar. Daba a uno de esos inútiles patios de luces que dejan entre finca y finca en las grandes ciudades. Aquel hueco estaba lleno de suciedad y tuberías, no circulaba el aire, y tampoco entraba mucha luz. Estiré los brazos y toqué la pared. ¿Antes era posible alcanzarla? Intenté moverme alrededor de la cama para llegar al armario, tropecé varias veces. Era la primera vez que me pasaba. El cuarto siempre me había parecido espacioso. Quise sacar una camisa limpia del armario empotrado. Pero al hacerlo, varias prendas salieron disparadas. Parecía que la ropa estuviera metida a presión.  De nuevo pensé en salir del cuarto. Pero escuché a mi compañera toser al otro lado de la puerta. Mejor estar dentro. Volví a la ventana, necesitaba otra bocanada de aire. Esta vez no pude ni siquiera sacar la cabeza. ¿Estaba a...

Cuentos en cuarentena V - Inalcanzable

De no ser por los aplausos nunca se habrían conocido, de hecho, tampoco le sonaba haberla visto por el barrio. Pero allí estaba, en la finca de al lado. Balcones contiguos, casualidad arquitectónica. —¿Qué piensas hacer cuando salgas? —preguntó él. —Quiero ir a la montaña. —¿Tienes una casita en la sierra? —No, no. Nunca faltaba a la cita de las ocho, era el único momento en que podía verla. Aunque fuera de balcón a balcón. Separados por un abismo, inalcanzable. —Tenía un viaje planeado… a Nepal —dijo ella. —Vaya. Que… lejos. —Sí, iba a ser algo especial. —Oye, siempre he querido hacer un viaje así. ¿Qué te parece si te acompaño? Cuando todo terminara la abrazaría y le diría lo que siente. Cada día imaginaba el momento de una manera diferente e idílica. Ayer fueron como esos dos amantes frente a una cafetería de Paris, hoy eran el soldado y la enfermera tras la gran guerra, mañana… ¿El famoso beso de Klimt? ¿Quién sabe? —No lo entiendes. —¿El qué? —No es...

Cuentos en cuarentena IV - Buitres

Mientras miraba la televisión durante uno de esos días de interminable encierro, advertí que la imagen de unos buitres festejando alrededor de un cadáver es algo que puede verse bastante a menudo. Al principio rondan en círculos su objetivo. Tímidos, quizás sintiendo cierta empatía. Pero no tardan demasiado en desvelarse sus intenciones: los muertos, muertos están. Una vez empezado el festín los vi picotear, desgarrar y pelearse entre ellos por llevarse el mejor pedazo. Apagué el televisor cansado de aquel espectáculo. Incapaz de soportar un minuto más aquella lamentable sucesión de charlatanes en busca de votos. FIN ¡Pequeño roedor que has leído hasta el final!  Las ratas agradecen tu hazaña y brindan en tu honor. Mientras una toca una pequeña ocarina,  otra baila animada, y una tercera te recuerda: “ Síguenos , comparte y no olvides que  también estamos por  Facebook  e  Instagram ”

Cuentos en cuarentena III - Estridente

Llevábamos más de 5 años casados y otros tantos de noviazgo. Los niños no habían llegado todavía.  Por las mañanas cada uno a su trabajo y, por la tarde: una ducha, algo de sexo —a veces, no siempre—, la cena y un poco de televisión. El sábado ella aprovechaba para ir al gimnasio; yo, por desgracia —o por la gracia de alguien— trabajaba. El domingo siempre comíamos en casa de algún familiar. Llegaba el lunes y la rueda volvía a girar, siempre igual. Una pareja feliz. O eso creía. Hasta que nos vimos obligados a pasar las veinticuatro horas juntos, sin poder salir de casa. Empezó con cosas pequeñas que yo no había advertido. O quizás sí, pero ahora tenía más tiempo en pensar porqué me molestaban. Como cuando yo quería planear unas vacaciones diferentes, cuando pudiéramos volver a salir deseaba viajar a algún sitio nuevo. Ella tumbaba todos mis planes: en vacaciones al chalé, como siempre, que para eso lo estábamos pagando. Sea como fuere, en esos días de encierro y teletra...

Cuentos en cuarentena II - Mundo exterior

Saldrá al exterior cuando el azul de paso al bermejo y al naranja y las sombras se alarguen sin premura para fundirse en una sola. Paseará sin temor por calles despobladas en las que ya no se escuchará el estrépito de centenares de pisadas. Solo el maullido lejano de algún gato, o un ladrido solitario, quebrará la quietud de la noche. Las hojas de los árboles dejarán de estar enfermas y ya no se acumulará el hollín sobre sus cortezas. Los suelos dejarán de lado el gris y el negro cuando se cubran de nueva vida. Solo la luna iluminará su incansable búsqueda de sustento. Entonces, justo antes de que raye el alba, cuando la noche es más oscura, volverá al amparo de su madriguera. Porque, a pesar de nosotros, la vida continúa. FIN ¡Pequeño roedor que has leído hasta el final!  Las ratas agradecen tu hazaña y brindan en tu honor. Mientras una toca una pequeña ocarina,  otra baila animada, y una tercera te recuerda: “ Síguenos , comparte y no olvides que...

Cuentos en cuarentena I - Vicente

Vicente siempre fue muy discreto.  Tanto que era capaz de pasar desapercibido en medio de cualquier gentío. Avanzaba lento, pero con decisión, a través de los pasillos de la residencia. Su nieto siempre le contaba historias de sus superhéroes favoritos y ahora, a sus ochenta años, se ilusionaba con la idea de que quizás él tenía el superpoder de la invisibilidad. Su destino era la sala común. Había pasado la última semana guardando reposo por un fuerte catarro y no había visto a sus amigos. Llegó hasta la puerta cerrada de la sala y se coló sin que nadie reparara siquiera en que estaba allí. A Joaquín le dijo que hoy para comer tenían lentejas, a Amparito que le debía un euro del parchís del otro día. Saludó a Encarna y le recordó que tenía que contarle algo de unos pimientos. A Antonio le comentó lo guapa que era su nieta y a Paco que se alegraba que lo de su hija saliera bien. Y así continuó, uno a uno hizo la ronda y los saludó a todos, como siempre hacía. Después se sen...

El trato

Llegado a un punto se detuvo, Ángel no sabía qué hacer.  Siempre salía a pasear por la montaña cuando necesitaba tomar una decisión, y ahora, frente a él, tenía dos caminos. Uno podría ser una vida tranquila. Se casaría pronto con su pareja. Luego vendrían los niños. Después pasarían lo años y, quizás, algún día podría sentirse tan ilusionado como lo estaba ahora su padre, enseñándole los pormenores del pequeño negocio familiar. El otro camino era un buen trabajo en la capital. ¿Querría su pareja seguirlo? ¿Le rompería el corazón a su padre? Aquella oferta abría toda una serie de inciertas posibilidades. Y mientras trataba de vivir sus posibles futuros, un silbidito, interrumpido por una insulsa estrofa, lo sacó de sus pensamientos. “En el fondo de un lago helado. Lo dejaron triste y olvidado”. Un hombre llegó a la encrucijada en la que se encontraba. —¡Muy buenos días joven! —era mayor, parecía rondar los setenta, pero venía subiendo la cuesta con el brío de un...

Gourmet

¿Qué dónde está mi marido? Eso me pregunté yo durante años.  Él solía viajar mucho debido al trabajo y nunca paraba por casa. Así qué fui una recién casada de sábanas frías, noches intranquilas y tardes silenciosas. Siempre esperaba junto a la ventana por si veía aparecer su coche por la calle y suspiraba cada vez que pasaba una pareja abrazada o tomada de la mano, te confieso que en esos momentos la envidia me devoraba por dentro. Espero que nunca hayas tenido que vivir esperando. Qué nunca hayas sentido esa preocupación opresiva alrededor de tú corazón, sin tener a nadie a quien abrazar en esos momentos. Y, en caso de que te haya pasado, sabrás que, en cualquier situación, pensamientos terribles asaltan de improvisto los quehaceres diarios y no permiten vivir con plenitud. El día que él llegaba yo tenía siempre el baño preparado y caliente, así podía relajarse después de una dura semana, o mes, de trabajo. Después disfrutaba de las anécdotas que me contaba. Pero, de tod...

Nenúfares

Donato estiraba los últimos tragos de su cerveza en algún lugar del sureste asiático.  Se encontraba en un pequeño hotel construido alrededor de un gran estanque cubierto de nenúfares. Solo tenía seis habitaciones, casi todas vacías aquella noche. Al norte y al este se alzaba un bosquecillo de altos árboles tropicales; al oeste, las seis habitaciones, cada una con su pequeña terraza con vistas al estanque. Él se encontraba al sur, en el coqueto bar del hotel, construido en madera alrededor de un enorme ficus centenario y con vistas a los nenúfares. Estaba absorto escuchando la perfecta compenetración que habían alcanzado la música y los sonidos nocturnos. Como si las ranas e insectos hicieran los coros de la mesmerizante voz de la chica que sonaba a través de la radio del hotel. No vio llegar al hombre. —¿Habla usted inglés? —dijo con un marcado acento americano. —Un poco —dijo saliendo de su ensoñación— aunque a veces cometo errores. No es mi idioma natal. El desco...