El anciano meditaba con minuciosidad donde debería clasificar el canto rodado que sujetaba en la zurda. Señalaba los estantes con la mano libre y se decía, aquí no, conforme los apuntaba con el índice y recordaba que tenía guardado en cada uno de ellos. Entonces pasaba a otra sección de aquella habitación atestada con las piedras que había coleccionado durante toda una vida, ordenadas por tamaños y formas. El suelo, por supuesto, también estaba lleno de piedras, era parte del sistema, caótico para otros, no para él. Además, sus pies habían memorizado la posición de cada una, sabía de sobra donde estaban los espacios vacíos, así que nunca tropezaba con ellas. Se detuvo durante un instante en uno de los muchos tablones que cubrían las paredes, allí había pegado unas piedras con una caprichosa forma curva, casi como un bumerang. Después visitó con la mirada el resto de tablones, cada uno de ellos con una colección de cantos rodados con formas casi idénticas. Por algún motivo le vino a la ...