Mi lugar en la empresa era fácil de encontrar. Montones de papeles amontonados y libros contables formaban una impenetrable barrera alrededor de mí. Era mi Troya personal, mi muro infranqueable contra el que todo se estrellaba. Ya podían aparecer Agamenón o Aquiles a plantear sus demandas, solo verían surgir una mano llena de manchas de tinta sujetando una vieja estilográfica; se movería con un pequeño gesto, como si golpeara uno de esos triángulos de metal, que podría significar: oído, de acuerdo o piérdete. Los días eran una metódica monotonía bien planificada. Hasta que llegaron los carteles. Los distribuyeron por todas partes, no había lugar desde el que no se pudiera leer uno. A excepción de mi Troya, que se mantenía impasible y segura ante aquella perturbación. Y hubiera seguido a salvo tras mis muros, pero en cuanto el propietario advirtió que desde mi posición no podía leer ningún cartel, descolgó uno y lo colocó sobre mi escritorio, apoyado contra el montón de agendas obsoleta...