Lo que mejor recuerdo de mi paso por el hospital cuando tenía diez años era lo lentos que pasaban los días. En la planta infantil del hospital no había gran cosa que hacer, sobre todo teniendo el cuerpo enganchado todo el día a un gotero y sin poder alejarme demasiado de la cama. Además, la oferta de entretenimiento se reducía a una televisión compartida en una habitación de 4 y payasos los jueves, si te gustaban claro, yo los odiaba. Junto a la ventana estaba el pequeño Juan, por lo visto era el que peor estaba de los 4, ya que siempre se le permitía ver lo que quisiera en la televisión y todo el mundo le trataba con mucha condescendencia. Junto a él estaba Miguel, un niño bastante gordo que no hacía más que preguntarle a su madre cuando podría volver a comer natillas. El siguiente era Ricart, un niño que nunca dejaba de hablar, hasta dormido balbucía y, en caso de despertar en la oscuridad, comenzaba a gritar y su madre encendía la luz para que se tranquilizara, despertán...